Cultura en movimiento: construyendo el "tercer espacio"

Escribo poesía, y le dediqué un poema al plátano. Cuando llegué a Argentina hace 10 años, conseguirlo era una búsqueda del tesoro perdido; ahora, lo veo en las grandes cadenas de supermercados. 

¿Puede un elemento, objeto, olor, plato o canción regresarnos a casa? A primera vista, la respuesta parece obvia, pero en esa pregunta reside la clave para entender que la diáspora no es un simple desplazamiento geográfico, sino la creación de un nuevo territorio cultural. Un lugar que no está en los mapas, sino en los sabores, los aromas y las memorias que llevamos con nosotrxs. Dejar la tierra no significa abandonarla. Quienes migramos llevamos en la maleta mucho más que lo material, hay decenas de intangibles que también se mueven con nosotros. Estos intangibles no son meros recuerdos estáticos que se guardan en un cajón. Son la capacidad de encontrar el sabor del hogar en ingredientes inesperados, el ritmo que se aferra a la cadera, las historias que se transmiten en un dialecto particular. Con el tiempo, estas piezas de nuestra identidad comienzan a dialogar con los nuevos sonidos, colores y formas del lugar que nos acoge. Este proceso de fusión ocurre en lo que el teórico cultural Homi K. Bhabha (2002) denomina un “tercer espacio”, un lugar de enunciación híbrido donde se construyen nuevas identidades, y de esta fusión no nace una copia, sino algo nuevo y original, un vibrante espacio donde la creatividad no es solo un lujo, sino un acto de supervivencia y de celebración.

¿Será por eso que me maravilla tanto la migración? Quizás, porque me ha enseñado que el territorio de la cultura no es fijo, sino una construcción activa y personal. Para quienes migran y buscan su lugar en la diáspora, plataformas como las redes sociales se han convertido en un nuevo hogar. Es allí donde se pueden encontrar a otras personas, construir lazos que trascienden las fronteras y, a través de la creación de contenido y el activismo digital, habitar y expandir ese espacio. En la difusión de ideas sobre la negritud, el Caribe y la diáspora, no solo se comunica, sino que también se encuentra una comunidad que sostiene y ayuda a redefinir la propia identidad. Estos perfiles no son solo cuentas personales, son bitácoras de viaje colectivas, galerías de arte en movimiento y foros de discusión que desafían las narrativas hegemónicas. En cada “repost” o “like” hay un eco de solidaridad, una afirmación de que la experiencia no es solitaria, sino compartida.

La migración nos fuerza a mirar nuestra propia historia y herencia de una forma más consciente, y ha sido en ese viaje que la negritud ha dejado de ser solo un concepto para convertirse en una fuente inagotable de asombro y de inspiración. Las investigaciones y las interacciones con la diáspora nos han mostrado que no hay una única forma de ser negro, sino una riqueza de experiencias, luchas y celebraciones que se adaptan y se reinventan en cada rincón del mundo. Es en esa conexión con otras comunidades negras, con sus historias y con sus creatividades, que se encuentra un propio lugar, un propio territorio, en esta gran y vibrante diáspora. Por medio de proyectos de historia oral, activismo comunitario y la creación de archivos digitales, se ha logrado recuperar narrativas que habían sido borradas, demostrando que la memoria no solo es un recuerdo, sino un acto político que construye el presente.

Esta construcción de territorio no es solo una teoría; es una realidad palpable en miles de historias. Pensemos en la diáspora caribeña en grandes ciudades del mundo, donde las calles se llenan de los olores del arroz con coco y los ritmos de la salsa. Estos no son solo actos de nostalgia, sino una forma de trazar un mapa cultural en el nuevo espacio. Las cocinas improvisadas en pequeños apartamentos se convierten en centros comunitarios, las fiestas de barrio se transforman en festivales que celebran la identidad, y las melodías de las islas se fusionan con los sonidos de la ciudad, creando una simbiosis que enriquece el paisaje cultural de la nación receptora. En cada uno de estos gestos hay un acto de resistencia y un grito de pertenencia. Esta simbiosis cultural se extiende a la vestimenta, a las formas de peinar el cabello, a las expresiones artísticas y a la literatura, creando un crisol de identidades donde lo viejo y lo nuevo coexisten en una danza constante y creativa. Los acentos se mezclan, las historias se entrelazan y las fronteras se vuelven irrelevantes.

En última instancia, la maravilla de la migración reside en su capacidad para probar que la cultura no es un monumento estático que se deja atrás, sino un organismo vivo que se expande y se adapta. Es una prueba constante de la resiliencia humana, un recordatorio de que somos capaces de crear un hogar en cualquier lugar, no construyéndolo desde cero, sino tejiendo hilos de lo que fuimos con las promesas de lo que podemos ser. En esa continua construcción, en esa búsqueda y en esa celebración, la diáspora encuentra su lugar y se convierte en el territorio más valioso de todos. Es un espacio que no se puede confiscar ni delimitar, un lugar que crece con cada historia compartida y con cada nuevo acto de creatividad que emerge de la mezcla, un territorio forjado por el corazón y el alma de millones de personas que llevan la casa consigo a donde sea que vayan.

Texto por Abog. María Nélida Navarro.

 

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