Mi Choque Cultural con la Moda Argentina Gracias a Barajita.

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Cuando era niña recuerdo hacer muchos mandados en casa para quedarme con el cambio y así usar este dinero en los dispensadores de huevos con sorpresas para niños. Mi gran deseo era que siempre me saliera un anillo. De plástico y de colores, mientras mas grande mejor aún. Gracias a estos nunca fui una niña interesada en caramelos, ni los chocolates, ni mucho menos los peluches. Yo quería mis joyas!

Seguro tenía menos de diez años, porque aún vivía en la Zona Oriental y mi máquina favorita estaba en el colmado donde mi papá iba a jugar dominó (y a beber romo) los domingos con sus amigos. Tengo muy claro el día en que llegué a tener un anillo en cada dedo de mi mano. Sentí que había cumplido mi objetivo y ese día fue la primera vez que mi mamá uso conmigo la expresión: ¨Te pareces a Barajita.¨

Barajita.

Mami, y quién es Barajita?

Una loca que se pone to´ lo que encuentre encima.

En mi mundo imaginario Barajita era un personaje super cool. La imaginaba con anillos en todos los dedos y sus uñas largas pintadas de colores fuertes. Muchos aretes colgantes y una enorme boca pintada de rojo. Turbante en su cabeza, gargantillas grandes de metal y muchas pulseras tipo bangles. Usaba vestidos estampados de muchos colores, cinturones con una gran ebilla en su cintura y siempre con botas altas a pesar de estar en una isla del caribe. Pero lo que mas me gustaba de Barajita era su postura y actitud. Era una mujer fuerte, creativa y sobre todo con una autoestima mas arriba del cielo para poder lidiar con las criticas de la sociedad por vestir de esa manera.

Llegué a pensar que Barajita era uno de esos personajes que se inventaba mi mamá o que era solo un mito familiar, pero no. Que grata sorpresa me llevé cuando hace unos años le pregunté por ella y entendí que era un personaje real de las calles de Santo Domingo de hace tiempo atrás.

Mientras más pasaba el tiempo, mas me inspiraba Barajita. Para mi adolescencia fue tendencia el uso de los anillos en los pies. Aquí ya no usaba más plástico, lo fui cambiando por la plata. Estos eran parte de los regalos que me traía mi tía cuando venía de vacaciones a la isla desde Nueva York. Su llegada siempre era la oportunidad de actualizar la pinta, anillos grandes, chokers, aretes coloridos y muchos ganchitos cool para el pelo.

Cuando cumplí 13 años yo misma me hice varias perforaciones en mis orejas para poder usar mas aretes y a los 15 fui con mis amigas a Plaza Central a perforarnos el ombligo. Todo cambió cuando a los 22 me fui de casa a vivir a Buenos Aires. Ya no vivía en una isla, ya no siempre era verano. En Buenos Aires hay cambios de estación y todo es mucho mas sobrio. A veces sentía que usar mis collares, pulseras, aretes, y otros accesorios llegaba a ser too much, pues siempre terminaban siendo tema de conversación. (Ni hablar del pelo, pero ese es otro tema…)

En mi adolescencia

A diferencia de mi pequeña isla del Caribe, Buenos Aires es una ciudad muy Europeizada. En un detalle ¨tan superficial¨ como la moda, me sentí victima de un choque cultural muy fuerte. Llegar a lugares con aretes grandes, gargantillas en el cuello o alguna otra cosa más que un pequeño reloj o un simple brazalete, la mayoría de las veces era algo fuera de ¨lo normal¨. Así como también usar estampados o colores distintos al típico blanco,negro, beige, marrón o gris. 

Imagínense lo que fue para mi llegar desde República Dominicana con mis turbantes coloridos, camisas floreadas, mis vestidos estampados y mi maletín repleto de accesorios (tocados, aretes, collares, gargantillas, anillos, brazaletes y pulseras.) Este choque cultural no solo lo viví yo. Cuando le pregunté a otras amigas caribeñas me confirmaron que también se sintieron identificadas con este tema. Será que es una cuestión de las islas? me pregunté, pero también me dí cuenta que no, cuando amigas de Colombia, Brasil, Uruguay me lo confirmaron también.

Blusa estampada, muchos collares, aretes grandes y turbante.

Luego uní mis puntos y me di cuenta que todas nos reconocemos como afrodescendientes. Debo aclarar que no todas estas mujeres tienen la piel oscura, el pelo afro o la nariz ancha, características que muchas veces pensamos se necesitan obligatoriamente para ser afrodescendiente. El tomar esta postura va mucho más allá y justamente por medio de estas ¨superficialidades¨ todas acompañan su reivindicación como mujeres afro.

Muchas veces damos por sentado que los accesorios o la indumentaria son banalidades de la vida, olvidándonos y muchas veces ni entendiendo el gran peso que tienen en una cultura, como por ejemplo los Elekes que se ven en la cultura Yoruba o los collares Embera de los indígenas de Colombia, Panamá y Ecuador. Otro ejemplo importante es como hoy vemos en la comunidad afrodescendiente el uso de collares, anillos, o aretes con el mapa de África como forma de empoderamiento a nuestras raíces.

Mi anillo de Larimar y mi anillo de Cowrie.

Hoy a mis 30 y tantos sigo recordando a Barajita. Ya me es imposible salir de casa sin estas superficialidades. Muchas han sido regalos, otras han sido hallazgos y otros los he comprado en algunos viajes. Mi anillo de Larimar (piedra preciosa dominicana), mi brazalete que me regaló un niño arhuaco en Santa Marta, mi anillo con el caracol cowrie, mi collar con el mapa de República Dominicana, mi cinta roja que contiene 3 deseos, mi arete colgante con el mapa de África, mis aretes de madera que compré en las calles de Rio de Janeiro y muchos otros más. Todos son mis amuletos y una gran parte de mi identidad como mujer, como mujer afro, como mujer afro caribeña.

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