Coñombia 2019

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Cuando era niña me veía todo el tiempo como adulta. Esa adulta era Carolina Herrera (no se porque le puse este nombre!), mi alter-ego para hacer latas (bromas vía telefono). Aunque ya se que soy babyface, te cuento que todavía en mi infancia no teníamos la magia del internet. El entretenimiento además de hacer estas famosas latas (muchas veces en conferencia con mis amigxs del colegio), era ver las novelas de telemicro a escondidas de mami, jugar “yun” , “el topao”, “el econdío”, “un, dos, tres mariposita linda e”, “musa, tataramusa”… y así puedo seguir un buen rato. En Dominicana este mundo virtual que amo, pero que sobre todo respeto mucho, llegó a mi vida cuando tenía como 15 años.

Carolina Herrera era una mujer independiente, una importante ejecutiva de alguna vaina grande. Liberal, radical y sobre todo “exitosa”. Carolina tenía mucho mundo arriba como dicen por allá. Viajó a todos los continentes, tenía muchos amigos en diferentes paises, le encantaba conocer la gastronomía, el arte y el folclore de donde viajaba. Tenía un trabajo que le demandaba mucho, pero esa era su pasión y le daba grandes oportunidades para conocer otras culturas. El único tema aquí es que Carolina era yo (o mas bien quien quería ser yo en ese momento). Quien me iba a decir a mi que Carolina, mi Carolina, “mi ideal del YO adulto” , también pasaría por muchas otras cosas no tan agradables a la hora de viajar. Carolina era una mujer, una mujer con pelo afro, una mujer con pelo afro y piel oscura. Para rematar, Carolina además tenía el pasaporte de un país llamado República Dominicana, y ya ustedes saben lo que eso significa…

La tipa dike mochilera
Quiero ser mochilera cuando sea grande

Ok, ya se que no todos saben lo que eso significa. A veces creo que las cosas mas obvias para mi también lo son para los demas, excusenme. No Leticia! Recuerda que cuando llegaste a Argentina tenías que explicar todo el tiempo que vivías en una isla del Caribe y no “cerca de Costa Rica”. Así que dare más detalles a continuación: No soy una de esas personas que han viajado toda su vida, subí a un avión por primera vez cuando tenía 15 años, cuando tenía 22 vi la nieve por primera vez y nunca he saltado el charco. (O sea, cruzar el oceano, conocer otro continente).

En ese momento Argentina era uno de los pocos paises que no nos exigían visado con nuestro pasaporte dominicano (nuestro pasaporte es el segundo “menos poderoso” de América Latina, el primero es el de nuestros hermanos de Haití). Cuando llegué a Buenos Aires viajé con mami, y con una cantidad infinita de documentos para cerciorar mi estadía pues venía a armar una vida aquí, no eran solo unas vacaciones. Acta de nacimiento, cedula de identidad, papeles de la universidad, carta de invitación, estractos bancarios de las cuentas de mis padres, recibo del pago adelantado del departamento donde nos quedaríamos, titulo universitario apostillado por no se que vaina y así… Pero de igual manera nuestra llegada al territorio Argentino para los agentes de Migración fue un poco curiosa y por lo tanto nos detuvieron para interrogarnos.

A partir de ahí no he viajado jamas como una simple persona que viaja de un lugar a otro. Mudarme a Buenos Aires me convirtió en una una mujer, una mujer con pelo afro, una mujer con pelo afro y piel oscura que intenta viajar de un lado a otro. “ De donde vienes?”, Porqué viniste para acá?, “ A qué te dedicas?”, “Cuánto tiempo estarás?”, esas son algunas que nunca faltan. Luego a veces también entran “Por qué viajan tantas mujeres de tu país aquí?”, “Te tienes que quitar ese trapo del pelo para pasar por el scanner”, “Aguarde un momento aquí, tenemos que verificar su pasaporte” y así… Dentro mi cabeza estoy segura que Carolina no tuvo que pasar por esto, Carolina era casi omnipresente y ni necesitaba pasaporte!

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Cerveza Costeñita

La cuestión es que aunque viajar muchas veces me lleva a momentos no tan cómodos, quien me quita lo bailao’? En La Gente Anda Diciendo una vez leí que alguien dijo: “La plata mejor gastada es la de las vacaciones” y esto sigue siendo uno de mis mantras favoritos, sorry por el bajón anterior pero tenía que ponerlos un poquito  en contexto. Back to business!

La primera vez que viaje 100% sola fue el año pasado celebrando mi cumpleaños. Cuando digo sola me refiero a que no fue un viaje de trabajo en donde normalmente voy a encontrarme con muchas personas en el destino. Esta vez nadie estaba esperando por mi, no tenía ningun plan de encontrarme con nadie, tampoco conocía a nadie y sobre todo no tenía ningún plan para hacer mas que go with the flow. Viajar y conocer, tanto el destino como a mi misma. Experiencia invaluable que creo todos debemos tener en algún momento de nuestras vidas.

Ammm… Colombia! Paisito que me ha dado muchas alegrías desde antes de conocerlo. Cuando me mudé a Buenos Aires nunca imaginé que me iba a conectar tanto con esta hermosa nación de Sudamerica. Cuando estudiaba en la universidad un gran porcentaje de estudiantes también eran colombianos, (incluyendo a Juliana mi amiga-hermana de la vida, que si estas leyendo esto seguramente ya sabes quien es.), cuando trabajaba en Palermo dos de mis compañeros de trabajo también eran de ahí y recuerdo que todos los encargados de servicio al cliente de casi toda la ciudad (en ese entonces) también lo eran. También en ese momento estaba el, mi novio colombiano con el que visité por primera vez esta tierra hermana hace ya 7 años.

Pero este viaje a Colombia fue un poco distinto, viaje sola hasta Medellín en donde me encontraría con mis amigas Betiana y Juliana. Estuvimos una semana en la tierra que vio nacer a Juli, comiendo sus comidas, compartiendo con su familia, visitando sus lugares. Un viaje con mucha carga emocional entre amigas pues aunque estuvimos en New York juntas hace un tiempo, el momento y las circunstancias de nuestras vidas en este viaje lo llevaron a un pico sentimental importante. Por unos días se sumó Steff, mi otra amiga que también venía con un paquetico emocional importante.

A veces siento que Colombia es como una especie de Dominicana pero en gran escala (es un país con 49 millones de habitantes, WTF!!! lo googlié y no lo puedo creer aun!) Ok ok, somos muy distintos es verdad, pero wow… también somos muy iguales. En Colombia ya me había sentido como en casa la primera vez que conocí Bogotá y San Andrés, ahora tocó vivir y sentir la energía de la ciudad de Medellín.

Comer buñuelos hechos por la abuelita, conocer la Comuna 13 de Medellín con la mejor guia local, Sahara!, tomarnos el metrocable para transportarnos de un lado a otro, desayunar todos los dias las ricas arepas con quesito hechas por mamá, poder apreciar en vivo las obras de Botero en su museo. Mezclar limón y sal para comer mango biche, volvernos locas buscando pelo para mis trenzas en el Hueco, pero también conectarnos con la naturaleza en el Parque Arví. Tomarme un juguito de mora y saborear su rico café. Conocer la vida nocturna de Medellín y sorprenderme con la cantidad de extranjeros que también estaban entrandole durísimo al aguardiente como nosotras. Viajar casi 2 horas hasta la Piedra del Peñol de Guatape con muy pocas horas de sueño y un nivel intenso de guayabo (yo le digo resaca) y ni siquiera llegar a subirlo… y así.

Después de unos días estábamos listas para seguir nuestro viaje, se nos ocurrió la genial idea de irnos a Santa Marta, en el Caribe Colombiano. My kind of place, you know! Esta ciudad es la primera ciudad de Colombia, tiene un centro histórico el cual caminé completo, conociendo sus restaurantes, sus tiendas de diseño, algunos hoteles boutiques, los viejitos jugando ajedrez en a esquina, el marchante de frutas, los jóvenes siendo jóvenes en el parque…. Ammm.. les dije que me sentía en casa!

Una montaña con nieve de un lado (La Sierra Nevada) y el Mar Caribe del otro. Mangos bajitos esperando que coman de ellos rapidamente, porque si no se lanzan directamente sobre la tierra humeda formando esas montañas de mangos maduros que le dan una ambientación aromática a la zona. Una cerveza Costeñita bien fría después de llegar de la caminata de 2 horas que hice descalza en el Parque Nacional Tayrona. Compartir un mototaxi con indígenas, esos de verdad, que lamentablemente en mi pais hace rato no existen y aquí siguen, conviviendo en sus comunidades e interactuando con el resto de la sociedad. Dormir por primera vez sola en un hostel, digo, sola de personas conocidas porque en total eramos 32 compartiendo el dormitorio. Enseñarle inglés a Marta, mi nueva amiga costeña quien me brindaba cada mañana el café mas rico de la historia. Poder comer pescado fresco todos los días, arroz con coco, plátanos, jugo de lulo, tamarindo, chinola (maracuyá) y aprender que en Santa Marta a mi mangú (pure de platanos) lo conocen como Cayeye. Dormir muchas siestas en la hamaca con el sonido de la brisa del mar de fondo. Celebrar el día de la afrocolombianidad y aprender de como trabajan colectivamente por y para la causa. No recordar algunas cosas gracias al guaro, es decir ese maldito agua ardiente antioqueño que me convencieron probar, salir de mi clásico Mojito y terminar gritando en la playa y literalmente borrar cassette como cuando era adolescente. Jugar al Uno con gente desconocida y aprender que en cada pais hay reglas diferentes de un mismo juego. Salir con la mochila sin tener la mas mínima idea de a dónde voy pues el viaje terminó siendo otra cosa completamente distinta a como lo imaginé… y ahora tengo ganas de escribir mas.

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